sábado, 22 de octubre de 2011

Pensándolo Bien: Carta abierta a la sociedad

“Aconsejamos, pero no inspiramos conductas”. Francois de la Rochefoucauld, 1613-1680, escritor y militar francés.

Por Juan Roberto Valdez Leyva                                                                             
                                                                                                                                                       
El Bitachi/ Navojoa.- Por principio de cuentas, tal vez no debiese ser yo quien dirigiera una carta abierta a ustedes; pero me gana la necesidad de abordar un asunto de vital importancia para el presente y futuro de nuestros niños y jóvenes.

Sigo considerando a la familia como primerísima línea en la formación del individuo, sin soslayar la ayuda que pudiesen brindar las distintas iglesias, la escuela y el gobierno.

Sin embargo, también reconozco la influencia a veces nociva de algunos programas de los medios masivos de comunicación, que como modernas Penélopes, destejen lo que con tanto esfuerzo, tejen los padres, los ministros de culto, los maestros y los funcionarios comprometidos con la sociedad.

Pareciera que los niños y jóvenes no advierten el comportamiento de los adultos, pero incluso, hasta cuestionan más, a diferencia de quienes en los años 60s o 70s éramos dominados con el gesto materno, ya fuera un levantón de cejas o la voz llena de autoridad y respeto del padre.

Cierto: No había tanto consumismo y aceptábamos sin chistar la ropa, los útiles y el calzado que tenían a bien escogernos nuestros padres y siempre de acuerdo a sus posibilidades socio-económicas.

Correcto: No había tanto alimento chatarra, tanta variedad de golosinas y por lo tanto había menos posibilidad de gastar en ello.

Las colonias y comunidades estaban libres de expendios de cerveza y libres desde luego del perjuicio socio-familiar que causa la adicción al alcohol.

A la escuela primaria íbamos mañana y tarde.

Muchos de esas décadas tuvimos obligaciones ya fuera con el lavado y planchado de nuestra ropa, en tareas agrícolas, en el negocio familiar y; si por alguna razón nos desvelábamos, madrugábamos porque madrugábamos.

Por cierto, llegada la edad para el noviazgo, el horario de visita acababa a las 9 de la noche y si había que ir a la función del cine, del circo o un baile, invariablemente era en compañía de la popular “cachimba”, es decir, la acompañante, la sobrinita, incluso en ocasiones, hasta la madre o hermana.

No fuimos bombardeados con tanta publicidad sexuada, ni manipulados subliminalmente con anuncios de mercadotecnia que supuestamente te producirían estados de felicidad y bienestar.

Los adultos eran vistos como patriarcas, muchos maestros y doctores terminaban casándose con chicas de sus lugares de trabajo, ahí se establecían, ahí realizaban labor social; los ministros de culto estaban prestos al consuelo espiritual y sin cobrar por supuesto y, las autoridades, muchas autoridades se distinguieron por su honradez.

De repente, algo pasó, pareciera que perdimos la brújula social, el misticismo de aquellos años.

Algo, alguien fue metiendo la idea de que nuestros hijos no tenían por qué realizar algún esfuerzo, un sacrificio, un acto de respeto o solidaridad.

Que valía más el individualismo, el egoísmo y que nada ni nadie podían estar por encima de ellos.

Y comenzó una permisividad nunca antes vista: Un relajamiento de las reglas familiares, amanecerse en los antros, en las fiestas; consumo de alcohol a edades tempranas, soltarles un vehículo, regalarles uno en su fiesta de quince años; tomar junto con ellos, permitirles que se involucraran en pláticas de adultos, satisfacerles caprichos de ropa y marca como si eso los hiciera mejores personas y en no contadas ocasiones, hasta confrontarlos con lo que representa autoridad.

¿Bastará esto, como lo plantea el cantante y compositor venezolano Franco de Vita?

¿Bastará que con traerlos al mundo, llevarlos a la escuela, creer que porque se les provee de todo mientras papá y mamá trabajan, sea suficiente?

Seguramente usted enriquecerá este intento de reflexión amable lector.

Finalmente asumo que como sociedad adulta tenemos una hipoteca con la niñez y la juventud y habría que saldarla permanentemente.

Estimo que es lo mejor, son nuestros niños, nuestros jóvenes, nos pertenecen a todos y no debiesen parecernos extraños.

¿Me permite recomendarle un poema?

Se llama “¿Qué les queda a los jóvenes?” del uruguayo Mario Benedetti.

Que sea una reflexión social.

Y si en el buen consejo, también inspiramos buena conducta, mucho mejor, ¿Qué no?

Buen día.

Correo: juanrobertovl@hotmail.com