El accidente que dejó en silla de ruedas a su esposo ha representado reto para Inés; desde hace más de una década se ha consagrado a atender a su marido. Están juntos “en las buenas y en las malas”.
Por María Teresa González
mtgonzalez@valledelmayo.mx
Navojoa/VM,
13 de febrero.- Inés desde hace más de una década ha sabido cumplir con
amor aquella frase que escuchó al momento de unirse en matrimonio con
su marido: el compartir los momentos buenos y malos.
Ella se llama Inés Palma Enríquez, una
enfermera con 48 años de servicio en el Hospital Regional de Navojoa;
su pareja es Vicente Velázquez Rodríguez, un electricista que ya no pudo
trabajar más por un accidente de trabajo que tuvo al caerle un poste de
madera de la Comisión Federal de Electricidad (CFE).
En la recamara matrimonial hay dos camas
muy cerca una de la otra. Una de ellas tiene un barandal, es la de su
esposo Vicente-. Al frente se encuentra un televisor grande y alrededor
del ropero muchas medicinas… pero también se respira paciencia, cariño y
amor, mucho amor.
Vicente, ahora tiene 65 años, cuando se
cayó del poste, hace ya 11 años, los médicos le diagnosticaron
traumatismo craneoencefálico. Ese accidente le dejó paralizado su
cuerpo. Sólo mueve las manos y un pie.
El trabajaba en el puerto de Yavaros, en
Huatabampo, sustituyendo una red de energía eléctrica obsoleta, cuando
ocurrió el accidente. El poste de la luz golpeó su cabeza en dos
ocasiones, según contaron sus compañeros de trabajo.
Fueron 45 días los que Vicente estuvo
internado en el Seguro Social de Ciudad Obregón, 13 en terapia
intensiva y con respiradores.
“Fue una etapa muy dura”, relató Inés, que compartía su tiempo con su esposo y su trabajo en el hospital.
A Vicente, Inés le cambia el pañal tres
veces al día, lo baña, lo viste y lo consciente poniéndole películas que
a él siempre le gustaron.
La mujer sonríe a carcajadas cuando dice que en su casa primero se paga el cable y luego lo demás.
Sin embargo puede recordar situaciones
vividas con sus compañeros de trabajo; a veces, el nombre de sus hijos, y
aspectos de su vida y de todas las personas que le rodean.
Por las tardes, Inés dedica su tiempo al cuidado de su esposo. Vicente.
Ella conoce a la perfección todos sus
movimientos de mano y gestos que hace con el rostro cuando intenta
comunicarse con ella. Sabe cuando está enfermo, alegre o enojado. El
también entiende todo lo que Inés habla.
Poco a poco, Inés fue comprando algunos aparatos para el buen cuidado de su esposo.
Las necesidades de Vicente han sido bien
atendidas. Tiene calentones, colchón de aire, silla especial para
baño, sillas de ruedas, aspirador, nebulizador y pañales, lo que
representan el gasto más fuerte que Inés realiza, además de estar al
pendiente de su tratamiento médico.“Se atiende muy bien porque tengo
miedo que enferme, ya en una ocasión padeció de pulmonía fulminante.
Rápido lo atiendo, no importa que tenga que darle mi medicina”.
Todos estos gastos los ha tenido que cubrir con el sueldo que gana como enfermera y la pensión que recibe su marido.
“Pero tú sabes que los tienen registrados con menor sueldo y eso les afecta”, precisó Inés.
Vicente, el alegre.
Antes del accidente, Inés recuerda que
su esposo era un hombre muy alegre y hasta un poco “loco”; le gustaba
bailar con la música del “manicero”. No se diga del béisbol, su deporte
predilecto y hasta lo practicaba los domingos, era catcher y sus
compañeros de equipo hasta lo bautizaron como el “Vaya, Vaya”, porque
eran las palabras que gritaba cuando jugaba.
Inés reconoció que su marido fue un gran
apoyo cuidando a sus cuatro hijos, cuando éstos estaban pequeños. “Mi
vecina siempre se fijó en ese detalle”.
Después del accidente, lo único que
Vicente puede hacer es ver televisión y películas de todos los géneros.
Le encanta tener la compañía de sus nietos, familiares y recibir a los
amigos. Un placer que se permite es disfrutar de su café por las mañanas
y por las tardes.
Inés comentó que fueron seis largos
meses de ir y venir al hospital de Ciudad Obregón, hasta que finalmente
en su trabajo ya no le dieron más permiso. Para ella significó un fuerte
desgaste físico, cayendo en depresión durante un año.
“Llegaba a las doce de la noche cansada y
otro día había que volver. Los primeros meses, ya estando en casa,
fueron igual de cansados porque Vicente no lograba conciliar el sueño.
Siempre llegaba dormida a trabajar, hasta que un día el psiquiatra me
dijo que fuera yo la que tomará la pastillas para relajarme. Quizás lo
tenía cansado de tanto decirle todos los días lo mismo”.
Narró que mientras estuvo velando por la
salud de su esposo, no le “caía el veinte”, de las advertencias
médicas de que quedaría en estado vegetativo, fue entonces cuando llegó
la depresión.
Sin embargo, fue de gran ayuda un médico
psiquiatra, que trabaja en el Hospital General apenas así pudo
recuperarse de la depresión en que había caído. “A pesar de que soy
enfermera había muchas cosas que no captaba”, comentó Inés.
Gracias, amor.
Vicente en una ocasión le dijo que mantenerse con vida había sido gracias a ella. Pero ella le dijo: “fue gracias a Dios”.
Vicente hace un gesto de agradecimiento con su rostro y manos. La voz de Inés se quiebra.
Esta situación que vive Inés y Vicente
los ha unido aún más. En su hogar, pese a la condición de su pareja, se
respira el amor, el cariño y la confianza que sólo una vida conjunta
logra conciliar. Los dos juntos en las buenas y en las malas.
Comentarios
Publicar un comentario