miércoles, 7 de diciembre de 2011

Pensándolo Bien

A los Quiques y Paulinas de este país.


La primera igualdad es el respeto y la tolerancia a las ideas de los demás”. J.R.V.L.

Por Juan Roberto Valdez Leyva
                                                                                                       
El Bitachi/ Navojoa.- Soy hijo de un comerciante y no me avergüenzo de ello. Nací en una comunidad rural y estudié la educación primaria en la escuela pública de la localidad, nada que me avergüence.

Para seguir la educación secundaria tenía que viajar 8 kilómetros en el carrito de San Fernando: A veces a pie y a veces andando. Nunca me humilló eso.

Entonces me salió la oportunidad que deseaba: Ser profesor y para ello tuve que trasladarme a 50 kilómetros de mi hogar materno.

Lo demás ya es otra historia y se preguntarán ¿Por qué les digo esto?.

Porque vengo de una familia proletaria, como muchas en este país; familias que no por carecer de bienes, carecen de valores y dignidad.

Pertenezco a familias que viven de un salario, pero que eso no los hace menos ni vulgares.

En fin, soy de una familia que en teoría está protegida por lo que dicta la Constitución.

Lo que me parece vergonzoso e impropio es el régimen clasista, ofensivo y discriminatorio que retrató diáfanamente Paulina, al twittear “un saludo a toda la bola de pendejos que forman parte de la prole y sólo critican a quien envidian” desesperada por las críticas que recibía Quique, su papá, al no poder citar 3 libros que hubiese leído y quien aspira a ser Presidente de la República.

Si el precandidato lee o no lee, es su problema y su convicción. Muchos “políticos y funcionarios” tampoco lo hacen.

El punto es que muchas Paulinas y de todos los colores en este país, tengan el pensamiento retrógrada de la antigua Roma, que consideraba a la prole como aquellos ciudadanos pobres que únicamente podían servir al Estado con sus hijos o descendencia; en calidad de esclavos pues.

Recordé un detalle: No hace muchos años, las deudas económicas de los padres, se pagaban con el trabajo gratuito de los hijos.

Y el otro punto es que los Quiques de este país y una Quica, que aspiran a la primera magistratura, aún no dicen claramente cómo llevarán a la prole a mejores estadios de desarrollo.

A  esas Paulinas les digo que no hay excusa para menospreciar a los hijos de los trabajadores, de los obreros ni de los campesinos. No pueden ni deben descalificar a la mayor parte de mexicanos por su triste condición social, debido a los malos gobiernos por cierto.

¿Y saben cuál es su ominosa contradicción?

Que les gusta llamarse católicos, guadalupanos, que dizque leen La Biblia y asisten a misa a darse golpes de pecho.

Los hijos de la prole son muchos. Viajan en carretas, en bicicletas, en motos, en camiones, uno que otro en carros chocolates, esos que permite la corrupción. Compran en tianguis, en supermercados populares, checan su estado de salud en clínicas del gobierno; no saben de aguinaldos, ni de restaurantes de lujo y platillos exóticos…y aún así, sostienen al país y al reducido grupo de Quiques privilegiados.

Tampoco saben de marcas, ni perfumes y joyería de lujo.

Pero ahí están: Negros del hollín mortal de las minas, enlodados de la tierra multiplicadora de alimentos, entre las moscas de los hatos ganaderos, conduciendo un tráiler alejados de su esposa y de sus hijos, arriesgando sus vidas entre olas embravecidas y mares tempestuosos, construyendo majestuosas mansiones aunque ellos mismos no tengan un lugar digno donde vivir… y engañados como siempre para ir a darle la confianza y el voto a quien dizque ahora sí los sacará de la marginación social.

Paulinas de este país, Quiques de esta patria:

¡Cuánta razón tenía el inolvidable escritor mexicano Carlos Monsiváis: “Los gobernantes no tienen derecho a la infelicidad…para eso están los gobernados”

¡Y qué fácil resulta menospreciar desde las burbujas multicolores en que se encuentran gracias al sudor, las lágrimas y a veces hasta la sangre de esa clase social que despectivamente llaman prole!

Pero aún siendo prole, les asiste un derecho:

¡El derecho a despertar!